viernes, 31 de octubre de 2014

TODOS LOS SANTOS EN JAÉN... SAMAÍN.

Era costumbre, y sigue siendo todavía en buena medida para mucha gente, celebrar en Jaén el día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, con una gran cena familiar de casi la misma importancia que la de Navidad. Antiguamente ese día el sonido de las campanas dominaba toda la ciudad. Desde las tres de la tarde, después de los credos, doblaban a muerto en la catedral, en las iglesias, en los conventos; lentas, reiterativas, las campanas se hacían dueñas de la población y encogían los ánimos; también durante la noche, y en lo alto de las torres los campaneros encendían fuegos que arrojaban siniestros resplandores.



Las visitas al cementerio, el desfile de coronas y de flores, de mantos y lutos, los responsos entre las tumbas, las carteleras de “Don Juan Tenorio”, todo contribuía a impresionar, a predisponer a las gentes para conmemorar el inmediato día de los Fieles Difuntos y asistir a las tres misas de privilegio.


Por las calles de la ciudad se situaban las castañeras, los paveros y los vendedores de mieles. Después de cantadas en los templos las vísperas de difuntos, las familias se reunían para rezar el rosario, comenzar la novena o el mes de ánimas. Se juntaban en casa de los abuelos o de los padres, si aquéllos faltaban, y se encendían lamparillas, una por el alma de cada allegado, otras por todos los difuntos. También se prendían las mariposas, muchas veces puestas dentro de las calabazas y melones ahuecados que tanto les gustaban, y gustan, a los niños para pasearlos por las calles. Y con ocasión de estas reuniones familiares se cenaban los platos propios del otoño. Una sopa sustanciosa, una verdura y el pavo de los Santos, acompañado de las primeras aceitunas de cornezuelo y de buenos vinos, y de postre castañas y batatas asadas, y las gachas con picatostes; luego se incorporaron dulces como los huesos de santo o los buñuelos. Después de la cena tan copiosa el tiempo transcurría entre los recuerdos de los que se fueron, hasta el momento de irse a dormir en una noche que para muchos era de sobrecogimiento y temor. El miedo a las almas errantes hacía que en la noche de vísperas del día de difuntos las gentes taparan las cerraduras de las puertas con las típicas gachas, para así evitar que en aquella inquietante noche entraran por ellas a sus casas.
Y este recuerdo de los queridos difuntos se estiraba devoto durante todo noviembre en una ciudad en donde había muchas cofradías dedicadas a las benditas Ánimas del Purgatorio; era el mes de Ánimas, el dichoso mes, que entra con los Santos y sale con san Andrés.
El tiempo fue suavizando las costumbres de aquel día, los rezos empezaron a relegarse y la cena fue perdiendo su carácter solemne y de tristes o respetuosos recuerdos. Y ahora solo queda una sombra de esta tradición, tan presionada por superficiales y comerciales costumbres estadounidenses, pero a pesar de todo sigue sobreviviendo y teniendo su encanto… Por cierto, parece ser que el hecho de hacer una gran cena familiar era costumbre peculiar de la ciudad de Jaén y no de otros lugares del entorno, teniendo un origen y motivación desconocidos pero de raiz muy popular… Quizás habría que remontarse al Samaín…
El Samaín, como se dice en Galicia, o Samhain para los británicos o Samonios para los galos, es la festividad de origen celta que está en la base de las tradiciones de los días de Todos los Santos y de Difuntos. Era la más importante de la antigua religión que no solo hay que considerar celta y que dominó Europa hasta la llegada e imposición del cristianismo a partir de finales del siglo II, celebrándose en tiempos más recientes siempre en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre pero que originalmente abarcaba tres noches que oscilaban alrededor del 5 de noviembre, en medio del equinoccio de otoño y el solsticio de invierno, cuando hubiera Luna llena. En el Samhain, que en su etimología gaélica significa “fin del verano”, se celebraba el final de la temporada de cosechas y sobre todo el Año Nuevo celta, que comenzaba con la estación oscura o invernal de seis meses que duraba hasta primeros de mayo; además era la fecha clave para reverenciar a los antepasados. Por tanto, era una fiesta de transición, por el paso de un año a otro, y también de apertura al otro mundo, el de los muertos, con una serie de festividades que duraban tres días con sus noches y que finalizaban con la fiesta de los espíritus en la noche de Luna llena, y con ello se iniciaba el Año Nuevo.


Los celtas celebraban esta fiesta con ritos en los cuales los sacerdotes druidas, sirviendo como médium, se comunicaban con los antepasados esperando su guía en esta vida o la preparación para la otra en el Más Allá. Se creía que los espíritus de los ancestros venían en esa fecha a visitar sus antiguos hogares y la comunicación con ellos era más fácil. Se encendían velas y se dejaban en las habitaciones o en las ventanas para ayudar a guiar al hogar a los espíritus de los antepasados y de los seres queridos fallecidos. Incluso algunos ponían más sillas en las mesas y alrededor de las chimeneas para los invitados invisibles. En algunos sitios se preparaba una comida especial para los difuntos, que solía ser algún tipo de pastel o torta. Para los espíritus perdidos o que no tenían descendientes se ponían manzanas en las calles y en los caminos, y para mantener a otros espíritus contentos y alejar a los malos de sus hogares dejaban comida fuera, en las puertas o en los altares. Se vaciaban nabos o melones, posteriormente también calabazas tras el descubrimiento de América, para ponerles velas dentro como recordatorio de los difuntos y hacer una especie de procesión de almas. Algunas de estas costumbres siguen vivas con el sabor original en zonas de Galicia (donde ya se ha dicho se llama Samaín) y también de León, Zamora y el norte de Cáceres. Y Samhain o Samonios es como se llamaba para los antiguos celtas su primer mes del año, el que ahora es el mes de noviembre, con lo que todo el mes podría estar dedicado a las ánimas, como era costumbre en Jaén.
En la mitología celta, los áes sidhe o pueblos feéricos, es decir, de las hadas, también celebraban Samhain y dejaban más abierta la posibilidad de interactuar con los humanos. En la víspera de noviembre las hadas, de aspecto y altura humanos, podían tomar maridos mortales y se abrían todas las grutas de las hadas para que cualquier hombre que fuera lo suficientemente valiente pudiera entrar y admirar sus palacios llenos de tesoros. Pero eran muy pocos los hombres que se aventuraban voluntariamente en aquel reino encantado, pues sentían por las hadas un gran respeto mezclado con temor.


De esta manera, en Samhain o Samaín se abría el portal hacia el mundo de los muertos y otras dimensiones, era el momento perfecto para la comunicación, la adivinación y las invocaciones.

Extraído de uno de los capítulos del libro "Jaén paranormal".

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL GOLFO TARTÉSICO, EL LAGO LIGUSTINO Y TARTESSOS

Alrededor del Golfo Tartésico y el Lago Ligustino o Ligur se centraba la cultura o civilización tartesia, de tanta importancia no solo para la historia de España. Sus connotaciones respecto al origen de la civilización occidental son grandes hasta el punto de sospechar que se trataba de un foco cultural de primer orden, quizás equiparable, en la época conocida como pretartesia, a los del oriente mediterráneo, e incluso, para los más atrevidos, heredera de la civilización madre de la Atlántida.


Pero esto no es el tema de este artículo, sino el aclarar la antigua geografía y su datación, es decir, la paleogeografía de la zona que se considera germen de esta cultura y lugar de ubicación, por tanto, de su capital, Tartessos, que dio nombre a toda esta civilización.
Para empezar, y muy importante, la situación del Lago Ligustino siguiendo la línea de investigación tan extendida que encabezó el estudioso alemán Adolf Schulten (1870-1960) es errónea.


Así se sigue considerando por muchos al Lago Ligustino en época romana pero hay estudios bien fundamentados que plantean que este lago no existía como tal en época romana ni antes en esa zona, que sería más bien en época romana un estuario con marismas parecidas a las actuales, y que el Lago Ligustino estaba más arriba en el curso del Betis - Guadalquivir. Por tanto, este mapa es erróneo en considerar que en época romana había una extensión de agua tal en esa zona y que se llamara Lago Ligustino. Hubo agua, pero fue antes y era el estuario o golfo Tartésico.
El golfo en la desembocadura del Guadalquivir tuvo que ser del III milenio a.C. para atrás. Porque luego la configuración de esa zona ya fueron marismas parecidas a las actuales. De esta manera, en la época tartésica oficial y luego en la época romana, las marismas y la línea costera son muy similares a las de ahora, con más agua, pero siempre de tipo marisma. Y si existió un Lago Ligustino fue más arriba en el curso del Guadalquivir, desde Sevilla hacia arriba. Lo del Lago Ligustino es una mala interpretación del texto de la Ora Marítima de Avieno (siglo IV d.C. basándose en escritores más antiguos): "Pero el río Tarteso (Betis - Guadalquivir), fluyendo desde el lago Ligustino, a campo traviesa, envuelve una isla de pleno con el curso de sus aguas. No corre adelante por un cauce único, ni es uno solo en surcar el territorio que se le ofrece al paso, pues, de hecho, por la zona en que rompe la luz del alba, se echa a las campiñas por tres cauces; en dos ocasiones, y también por dos tramos, baña el sector meridional de la ciudad (Tartessos)." El texto no dice que estuviera en la desembocadura sino más arriba de su curso final, desde el cual fluye. También nos indica que justo al final del Lago Ligustino estaba la capital tartesia, en la zona actual de Coria del Río y La Puebla de Río, en lo conocido como estrecho de Coria donde aún el cauce del Guadalquivir desemboca en las marismas, que eran en época tartesia ya unas marismas, aunque más abiertas a las aguas del río y el mar, que habían sustituido al anterior Golfo Tartésico.



En estos dos mapas se nombran correctamente el Golfo Tartésico y el Lago Ligustino o Ligur. La superficie de agua delante del océano era el Golfo Tartésico y al norte el río desembocaba en él a la altura de Coria formando antes el Lago Ligustino. En el primer mapa se incluyen los nombres histórico-legendarios de los diferentes lugares del entorno según una posible teoría. La capital, Tartessos, estaría situada en unas islas en la desembocadura del río Guadalquivir en el Golfo Tartésico, junto a Coria. Para otros, el Lago Ligustino podría estar ahí, quizá más arriba, pero el Golfo Tartésico no existiría como tal, sino que era ya un estuario con marismas que llegaban hasta una línea de costa cercana a la actual. Por tanto, este mapa podría ser más posible del milenio III a.C. para atrás, es decir, de la Edad del Cobre hacia atrás.


En este mapa se amplía la zona de Coria del Río (Sevilla), la antigua Caura, posible ciudadela y fortaleza de Gerión o Caureón, frente al cual podría estar la ciudad de Tartessos, en las islas Eritías que formaban el delta de la desembocadura del río Guadalquivir desde el Lago Ligustino al norte del Golfo Tartésico, que para otros ya era desde finales del III milenio a.C. un estuario con marismas. Se trata de una hipótesis muy interesante y plausible basada en diversos estudios bibliográficos, históricos y geológicos del coriano Francisco José Barragán de la Rosa, profesor de Química de la Universidad de Sevilla, con la colaboración del investigador también coriano Antonio Alfaro Suárez.

Pero, como estamos viendo, no coinciden las fechas geológicas con las históricas de las descripciones antiguas, pues estas parecen indicar un Golfo Tartésico más abierto en época tartesia e inmediatamente posterior. Quizás sean malas interpretaciones actuales al pensar que decir que el río desembocaba tras el Lago Ligustino es que ya lo hacía en una superficie abierta de agua, cuando en realidad lo estaba haciendo en unas marismas, más abiertas que ahora, sí, pero unas marismas que evidentemente no eran el océano todavía.
Para dar luz sobre la paleogeografía de la desembocadura del Guadalquivir creo importante hacer caso al estudio realizado por el profesor de la Universidad de Huelva Francisco Borja Barrera.


En estos tres mapas se condensan sus conclusiones:
1.- 6.500 a.C., cuando mayor extensión tuvo el entrante marino y estuario del río. Se mantuvo prácticamente así hasta el 5.000 a.C.
2.- Entre los milenios II y I a.C. Se corresponde a la época de la civilización tartésica admitida oficialmente, la de las descripciones de los clásicos griegos y romanos. Desde unos 1.500 años antes, hacia el 3.000 a.C., se aceleró la acumulación de depósitos en el estuario formándose las marismas.
3.- Últimos mil años. Se completan las marismas hasta el día de hoy.

Según estos esclarecedores mapas y su cronología, vemos que ya en época tartesia existían las marismas pero con los cauces del río mucho más grandes permitiendo un mayor flujo del agua marina que se haría evidente en las mareas. Aún hoy las mareas se notan en Coria, por entonces serían mucho mayores. Pero que el estuario, es decir, el Golfo Tartésico, estuviera todavía abierto es cuestión de unos mil años antes, hacia el 2500 a.C., como confirma Juan Antonio Morales González, también de la Universidad de Huelva, que encaja perfectamente con estos mapas, entre el 1 y el 2, en la época en que los sedimentos empezaron a tomar protagonismo y a formarse las marismas en el milenio III a.C.
Al mismo tiempo estos mapas nos dejan claro que la desembocadura del río Guadalquivir al Golfo Tartésico siempre ha sido por el estrecho de Coria desde el Lago Ligustino, que no está incluido en ellos. Y, por tanto, abre aún más la posibilidad de que la capital de Tartessos estuviera en esa zona, como parecen indicar los textos antiguos como la Ora Marítima de Avieno, y descartar algo más que se situara más abajo, en las inestables tierras de las marismas y cercanas al océano Atlántico. Solo hay que repasar la situación de las principales poblaciones actuales herederas de las antiguas y de los templos y santuarios antiguos para darse cuenta que todos se sitúan en la costa de aquel Golfo Tartésico que luego se hizo marisma, es decir, estaban en tierra firme y estable desde el principio de esta civilización tartesia, allá por la época megalítica hace como poco seis milenios.
¿Por qué no se ha encontrado aún la ciudad de Tartessos si posiblemente estuvo junto a Coria y Puebla? Quizás, como en la teoría antes expuesta de Francisco José Barragán y Antonio Alfaro, porque si estaba en unas islas entre el empequeñecido Lago Ligustino y las marismas cada vez más extensas, esas islas en realidad no serían estables pues eran fruto de la sedimentación, y entonces un posible desastre natural pudo modificar gravemente estas tierras incluyendo la inundación y destrucción de la ciudad.
Y esto es posible pues se sabe que a finales del siglo VI a.C. hubo un tsunami en la costa atlántica que tuvo que afectar a las todavía relativamente abiertas marismas de la desembocadura del río, y si además coincidió con marea alta las consecuencias fueron mayores. Hacia finales de ese siglo, casualmente, empezó a no saberse nada de Tartessos, que cayó bajo el dominio de los cartagineses. Se suele aceptar que ese dominio fue a causa de la victoria púnica en la batalla marítima de Alalia, en Córcega, hacia el 537 a.C., en donde, aliados con los etruscos, derrotaron a los griegos focenses, lo que les abrió el dominio de todo el Mediterráneo occidental y, por tanto, de la preciada y ansiada joya tartesia, la cual mantuvieron desde entonces en exclusiva y cerrada al resto del mundo. Pero quizás no fue solo una derrota militar lo que provocó el inicio del control cartaginés, posiblemente lo que dejó abierta esta tierra al dominio púnico fue el desastre natural que afectó a su capital y a otras partes de su rica civilización. Es una posibilidad que futuras investigaciones arqueológica y geológicas tendrán que dar validez, aunque algún estudio de la Universidad de Sevilla ha concluido que aquel tsunami no afectó mucho al interior de las marismas pues estas ya eran suficientemente grandes como para frenar en buena parte su fuerza destructora; pero sí afectó más a zonas como la Bahía de Cádiz y la Ría de Huelva, cuestión que utilizan a su favor los que piensan que la ciudad de Tartessos estuvo en alguno de esos dos lugares y que fue posiblemente destruída por la ola gigante. A pesar de todo quizás sigan estando sus restos en el entorno de Coria, a lo mejor no cubierta bajo metros de sedimentos del río sino en la tierra firme del estrecho, destruida por otras circunstancias, entre ellas posiblemente por el enfrentamiento con los cartagineses u otras calamidades históricas posteriores. Estrabón en su Geografía cita cuatro ciudades destacadas de la Turdetania: Córduba, Gades, Híspalis y Betis, estando esta última todavía ilocalizada. Esta ciudad del mismo nombre que el río era destacada por Estrabón, además de por su mercado que se deduce antiguo, por su renombre y haberse instalado en ella como colonos los soldados de César Augusto. Se dice que podría ser Itálica (que luego nombra Estrabón como otra ciudad) o Triana, pero sin prueba ninguna; quizás fuera Tartessos, de igual nombre que el río que lo abrazaba, que los romanos llamaron Betis y que permanece perdida en este caso desde época romana.
Lo dicho, nuevas investigaciones y hallazgos tendrán que aportar más datos sobre la ubicación de Tartessos, pero lo que está claro es que en época del Tartessos oficial, es decir, el de la primera mitad del primer milenio a.C., el Golfo Tartésico ya era en buena parte marismas aunque con los cauces del río mucho más amplios, y el Lago Ligustino seguía existiendo desde Coria hacia arriba pero reducido.

martes, 26 de agosto de 2014

LOS FANTASMAS DE LOS BAÑOS ÁRABES Y EL PALACIO DE VILLARDOMPARDO EN JAÉN

Los conocidos como los “Baños del Niño” (Hadman al Walad) del siglo XI se encuentran en los bajos del palacio de Villardompardo que mandó edificar a finales del siglo XVI Fernando de Torres y Portugal, primer conde de Villardompardo y virrey del Perú. Permanecieron ocultos hasta que fueron descubiertos en parte por Enrique Romero de Torres en 1913. Tras declararlos Monumento Nacional se pasó a restaurarlos, labor que realizó el arquitecto Luis Berges Roldán, descubriéndose la mayoría de las salas enterradas y acabando las obras en 1984; su gran trabajo mereció el prestigioso premio “Europa nostra”. Estos baños árabes son los más grandes de España y uno de los mejor conservados, siendo visita ineludible para todos los jiennenses y turistas.



Se supone en la ciudad que fue el rey moro Alí el que construyó estos baños y que murió asesinado en ellos, a pesar de que la biografía de este personaje esté poco clara. Gonzalo Argote de Molina (finales del s. XVI) en “Nobleza de Andalucía” nos relata la historia-leyenda de Alí:
“En los años luego siguientes aunque la Historia General dice en el año 1022, siendo rey en Córdoba Alhatán, cuenta la misma historia que le hizo la guerra un poderoso moro llamado Alí y que habiéndose dado en aquel año la batalla el uno al otro, Alhatán fue vencido y Alí vencedor, fuese a Jaén con todos los suyos donde lo recibieron por señor. El cual reinando quieta y pacíficamente, estándose recreando en unos baños que había hecho, entraron dentro del baño unos eunucos vasallos de Alhatán y lo mataron allí…”
Aunque teniendo en cuenta otras fuentes históricas parece ser que el rey Alí fue en realidad Alí ben Hammud, primer califa no omeya de al-Ándalus, trono al que había llegado por medio de una traición que culminó degollando él mismo al califa omeya Sulaymán al-Musta’in en 1016. Al poco tuvo que enfrentarse con el antes aliado Jayrán por el dominio de Almería y Jaén, y murió asesinado en 1018 en los baños del Alcázar de Córdoba en manos de unos siervos pagados por Jayrán, quizás formando parte de una conspiración de los seguidores de los omeyas.
Como vemos, seguramente la historia real fue al contrario de lo que dice la leyenda, con lo que el rey Alí murió asesinado en unos baños de Córdoba por unos esclavos sobornados por un reyezuelo rival de Jaén.
¿Y cómo murió Alí según la leyenda? Se dice que estaba recreándose en los baños a esto de las doce del mediodía cuando entraron tres enemigos y, mientras uno cerraba las puertas, otro hacía lo mismo con las ventanas del techo (lucernas) clausurando las salidas, mientras que un tercero avivaba el fuego de la caldera, con lo que se dirigía mucho más caudal de aire caliente al entramado de conductos que hay bajo el suelo, de tal modo que la temperatura aumentó tan considerablemente que el pobre Alí se puso a sudar y a sudar hasta que no le quedó gota de sudor, muriendo. Es por eso que su fantasma se siente a esa hora concreta y absorbe la energía de los visitantes.


Otra versión dice que estando en la sala caliente le sorprendieron los eunucos fieles a Alhatán y le dieron unos espadazos que lo dejaron malherido, y, siguiendo una costumbre musulmana, le dijeron donde quería ser rematado para morir, eligiendo Alí una de las columnas de la sala templada contigua, y allí mismo en efecto fue rematado y murió. Hay personas sensibles que dicen que una de las columnas en la bella sala templada emana calor e incluso cierta energía positiva, precisamente la columna junto a la cual la leyenda dice que el rey Alí eligió morir. En cambio, de la sala caliente, la que está junto a las calderas, se considera que emite energía negativa.
Estando de visita por los baños, muchas personas se han sentido mal, con pocas fuerzas y algunas hasta casi se han desvanecido. Se han experimentado bajadas bruscas de temperatura, y además alguna vez, sin motivo aparente, se han descargado baterías de móviles o cámaras, o se han velado películas fotográficas. Es decir, estaríamos ante casos de pérdida de energía en personas y máquinas debido a la presencia de algún/os espíritu/s de bajo nivel o/y por ser un lugar con energía negativa, aunque hay zonas, como la sala templada o por lo menos parte de ella, donde la leyenda relata que murió Alí, que se considera con energía positiva.
Se suele pensar, por tanto, que el fantasma del rey Alí es el que vaga por el edificio, sobre todo por la sala templada de los baños y a la hora del “Ángelus”, las doce del mediodía, cuando la leyenda dice que murió, absorbiendo la energía de sus visitantes, aunque otras veces no han sentido eso los pocos testigos que han podido ver al fantasma… porque sí, se le ha visto, aunque siempre ha sido con tal naturalidad que no se ha sospechado inicialmente que fuera una aparición espectral. Quizás el caso más destacado fue aquel en el que hace unos años unas mujeres veinteañeras que visitaban los baños formando parte de un grupo, estando en la sala caliente vieron como un hombre vestido con una especie de túnica o bata larga hasta los pies pasaba repetidamente por delante de la puerta de esta sala en donde estaban, es decir, que el misterioso hombre estaba en la sala templada, y las miraba vigilante, pero las chicas al cruzar la puerta y asomarse para ver quién era, no veían a nadie, con lo que el miedo empezó a apoderarse de ellas y la inquietud en el resto del grupo con lo que contaban; para rematar el extraño suceso, cuando el grupo ya se disponía a terminar su visita e iban saliendo de la sala templada, de repente se apagaron las luces quedando casi a oscuras, imagínense la escena de pavor, nervios y casi histeria que se originó hasta que el guía que lo acompañaba fue hasta el lugar donde estaban los interruptores y volvió a dar la luz; seguidamente el guía preguntó al personal que trabajaba allí y que estaban en el palacio, encima de los baños, el motivo de apagar las luces, pero todos dijeron y casi juraron que nadie había bajado hasta los baños y menos aún habían apagado las luces en un momento en el que decenas de personas estaban visitándolos… ¿quién fue entonces? Muchos pensaron con un escalofrío que había sido el extraño hombre, quizás era el mismísimo rey Alí, que se había dejado ver por esas chicas mostrando impaciencia, y que fue él quien apagó las luces “invitando” a los visitantes a que abandonaran sus baños cuanto antes.
Sea cual sea la identidad de la presencia fantasmal y aparte de que se hayan dado muy puntualmente casos como el narrado más arriba, lo cierto es que el lugar en general provoca sensaciones extrañas a una significativa proporción de las personas que lo visitan o que trabajan allí aunque no lleguen a ser testigos de un hecho paranormal. Se puede achacar que esas sensaciones son debidas a que los baños son una construcción subterránea, con lo que ello conlleva de humedad, temperatura, etc., pero esas sensaciones van claramente más allá de lo normal… Sentirse observado, incómodo, destemplado, es algo relativamente habitual, a muchos turistas le ha pasado, llegando a casos extremos de desmayos como ya se ha dicho, y a algunos miembros del personal que trabaja allí por supuesto que también, ellos son los que más saben de la extrañeza del edificio pues son los que más tiempo pasan allí. Es una pena que la normal discreción con el asunto se haya convertido más bien en un estúpido tabú debido principalmente a ciertas órdenes de “arriba”; en otras latitudes el tener fama de lugar encantado se considera un valor atractivo y turístico, en cambio aquí, como en tantos otros sitios de nuestro país, parece ser un motivo de descrédito, una mancha que hay que ocultar.


Pues se quiera o no, los fenómenos están ahí, y no se limitan a los baños árabes sino que se extienden por todo el edificio que era el antiguo palacio del conde de Villardompardo, el cual a partir de 1751 se convirtió en el Hospicio, al que se le sumó luego también la Casa Cuna y Maternidad, y que ahora, tras una buena labor de restauración, acoge el Museo de artes y costumbres populares, y el Museo de arte Naif. La casa palaciega es grande, con muchas salas, escaleras y recovecos de sabor antiguo que se disponen alrededor de un bello patio renacentista.


Un susurro por una escalera, un objeto del museo que se mueve levemente en alguno de los salones, una sombra que cruza un pasillo, un rostro que durante un instante se asoma desde una ventana a uno de los pequeños patios… y todo ello sin que haya nadie… los visitantes al palacio son escasos, algunas veces nadie anda por sus viejas habitaciones y solo el vigilante permanece allí...


Como aquella vez que fiel a su trabajo permanecía un vigilante de sala sentado leyendo el periódico esperando la hora del cierre que ya estaba cercano; un hombre vestido con colores oscuros discretamente pasó frente a él con lo que apenas si lo miró; el hombre se había metido en una sala del museo y pronto la hora de las visitas llegó a su fin con lo que el trabajador se dirigió hacia ella para avisar al visitante que tenía que ir abandonando el edificio, pero allí no había nadie… y de la sala solo se podía salir pasando de nuevo por delante del puesto del vigilante. ¿El espectro de Fernando de Torres y Portugal, conde de Villardompardo? ¿Alguno de sus descendientes? La tradición y testimonios actuales no dicen o aclaran nada al respecto, puede ser no uno sino varios los fantasmas que estén en la casona palaciega, han sido tantas las personas que han vivido allí a lo largo de los siglos…

Fernando de Torres y Portugal. Cuadro en el Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Lima.


Extraído de uno de los capítulos del libro "Jaén paranormal".

jueves, 7 de agosto de 2014

LA TABLA ESMERALDA

La Tabla Esmeralda es un pequeño y conciso texto atribuido a Hermes Trismegisto, el gran sabio mítico, para unos, o totalmente real, para otros, que se relaciona con el dios egipcio Tot (Dyehuty), dios de la sabiduría, que conlleva serlo de la escritura, la música y la magia.


Este texto sería uno de los muchos atribuidos a este sabio primordial, pero este se considera la base de la alquimia, pues en él está condensado el arte de la Gran Obra, objetivo de la alquimia o arte del perfeccionamiento. Como la Tabla Esmeralda contiene el secreto de la Gran Obra, todo adepto se esfuerza en seguir sus preceptos para así elevar sus conocimientos en el camino hacia la perfección.


Esta obra se data entre los siglos VI y VII porque las referencias y los textos más antiguos conocidos de ella son de esa época. Se tratan de textos árabes como el Kitab Sirr al-Khaliqa wa Sanat al-Tabia (hacia 650 d.C.) y el Kitab Sirr al-Asar (hacia 800 d.C.). Se considera que llegó al Occidente cristiano entre los siglos X y XI a través de traducciones árabes, pero aceptar esto supone pensar que ya existía de antes, de textos griegos, por lo menos de la época dorada del movimiento hermético en el Egipto ptolemáico. Para los hermetistas su origen sería mucho más antiguo, es decir, escrito directamente por Tot - Hermes hace varios miles de años, incluso en tiempos antediluvianos o atlantes. Hay muchas leyendas alrededor de la Tabla Esmeralda, pero la básica dice que su nombre se debe a que cuando apareció estaba grabada en dos columnas de mármol verde o en una placa de esmeralda.



El mensaje de la Tabla Esmeralda es expresado de modo simbólico, su sola lectura no revela su significado. El acceso a la Gran Obra requiere trascender nuestra limitación racional, de ahí que todo alquimista conlleve una transmutación personal paralela que le permita acceder al lenguaje del símbolo. El Todo, el Uno, tan sólo se expresa simbólicamente, y es necesario el aprendizaje en la hermenéutica del símbolo. De no ser así, su sola simplicidad generará incredulidad.

El texto dice así:

Es verdad, sin mentira, cierto y muy verdadero.
Lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo, para realizar los milagros de una sola cosa.
Y como todas las cosas proceden del Uno, por mediación del Uno, así todas las cosas han nacido de esa cosa única por adaptación.
Su padre es el Sol, su madre la Luna, el viento lo ha llevado en su vientre; su nodriza es la Tierra.
El padre de toda la perfección del mundo entero está aquí.
Su fuerza permanece íntegra si es convertido en Tierra.
Separarás la Tierra del Fuego, lo sutil de lo burdo, suavemente y con gran entendimiento.
Asciende de la Tierra al Cielo y vuelve a descender a la Tierra, recogiendo las fuerzas de lo que está arriba y lo que está abajo. Así tendrás la gloria del mundo entero, y toda oscuridad se alejará de ti.
Esta es la fuerza, fuerte con toda la fuerza, pues vence toda cosa sutil y penetra toda cosa sólida.
Así el mundo fue creado.
De ello saldrán admirables adaptaciones, cuyo medio es ofrecido aquí.
Por eso soy llamado Hermes Trismegisto, porque poseo las tres partes de la filosofía universal.
Lo que he dicho sobre la obra del Sol está completo.

Edición del texto en latín de Chrysogonus Polydorus. Nuremberg, 1541.