miércoles, 18 de marzo de 2015

EL CABALLERO Y EL CABALLO

Todos tenemos la imagen del caballero medieval a lomos de su caballo guerreando por su rey o señor y su fe. Pero la figura del caballero trasciende lo obvio. El simbolismo del caballero está muy vinculado con el concepto hermético del desarrollo del hombre. El caballero es el dominador, el logos, principio que prevalece sobre la materia, que sería la cabalgadura. Así pues, la mística de la caballería estaría fundamentada en ese esfuerzo por lograr un tipo humano, el caballero, que sería superior en conocimiento y virtud al resto de los hombres. El simbolismo del caballero lo encontramos en todas las tradiciones. Ananda Coomaraswamy, citada por Cirlot, dice que "el caballo es el símbolo del vehículo corporal y el caballero es el espíritu; cuando alguien llega al término de su evolución, la silla queda desocupada y la montura muere necesariamente".


La representación del caballo es una de las más antiguas, apareciendo ya en las figuras rupestres del Paleolítico. En su origen, y a pesar de que su simbolismo resulte complejo, fue interpretado como un ser ctónico, es decir, vinculado a la tierra, si bien a menudo se le relacionó con los dominios lunares. En la religión zoroástrica, el caballo tiene su lado oscuro y negativo. En la mitología griega los centauros, mitad hombre y mitad caballo, son una clara exposición de la parte instintiva del ser humano. El caballo está presente como animal que acompaña a algunos dioses de esta mitología relacionados con lo ctónico y lo material, como es el caso principalmente de los caballos negros de Hades y los caballos de Poseidón y su esotérica consorte, Deméter, la señora de los caballos, la diosa madre - materia también conocida como Cibeles y Ceres. Además, Helios, el dios Sol, surca el cielo con su carro tirado por cuatro caballos blancos. El caballo blanco posee toda una simbología positiva y solar, constituyendo la representación del vigor, la virilidad y la juventud. Jung consideraba al caballo como la expresión del lado mágico que hay en el hombre. Quizás con ese sentido hay que considerar a Pegaso, el caballo alado que podía volar hasta llegar al cielo en presencia de los dioses, siendo el caballo favorito de Zeus, el dios supremo de la mitología griega.
Se puede entonces considerar al caballo simbólicamente como parte del hombre, esa parte material que sirve de medio corporal al espíritu para que se desarrolle, que es el caballero. En las leyendas y en los relatos medievales aparece con frecuencia la figura del caballero negro y, también, la del caballero verde y la del caballero rojo. Tales colores tienen un profundo significado hermético que habla de la transformación del individuo, desde un estado de oscuridad y regeneración (negro), pasando por un estado de aprendizaje (verde) hasta llegar a la sublimación (rojo).
El término caballero, como el de caballería y, por tanto, el de caballo, estarían relacionados, según algunos autores, con los conceptos de la cábala. Su origen etimológico seguramente no sea el mismo y sea cuestión de casualidad, pero no lo es que la cábala hermética constituye una clave indispensable para conocer el auténtico contenido de los llamados libros cerrados (esos textos cuya enseñanza no debía ser conocida por los profanos) y que los que conocían esta cábala, los que hablaban la lengua de los sabios herméticos, eran los magos - alquimistas, los trovadores y los caballeros.
De esto surge en realidad la figura del caballero andante que busca desafíos y hacer el bien, es decir, superarse personalmente en una búsqueda individual, un auténtico camino de iniciación. Se rige por un código de honor, el comportamiento caballeresco que todavía entendemos en nuestros días, para sí mismo y por el prójimo, sea hombre o mujer, teniendo hacia esta última un respeto inusual en siglos pasados, del que proviene el amor cortés hacia la dama que tanto cantaron los trovadores. El caballero andante, esotérico, es una figura literaria, es un ejemplo de comportamiento del que busca el conocimiento. Son ejemplos destacados y paradigmáticos los personajes semilegendarios de los caballeros de la Mesa Redonda del rey Arturo, como Lanzarote y Perceval; y los literarios Amadís de Gaula o Don Quijote de la Mancha, el cual guarda tras su capa superficial un verdadero caballero andante.



Incluso las órdenes militares de caballería en sus más altos niveles tienen que ver con ese concepto del esotérico caballero. Hospitalarios y templarios encabezan estas órdenes, a destacar estos últimos que son considerados en las principales obras griálicas como los caballeros del Santo Grial, es decir, sus custodios, relacionándose, por tanto, con los artúricos, que buscan el Grial para protegerlo, un brillante Grial que debería interpretarse como alto conocimiento.



Y siempre el caballero con su caballo, inseparable compañero de camino, hasta el punto que es parte de él, pues es el medio con el cual recorre su camino de búsqueda, ese camino hacia el bien y la verdad.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA GIOCONDA DEL PRADO

La Gioconda del Prado es un maravilloso óleo sobre tabla de 76 cm por 57 cm, de autor anónimo, fechado entre 1503 y 1516. Se considera la mejor copia de "La Gioconda" o "La Mona Lisa" de Leonardo da Vinci (Louvre, París), y a partir de 2010, con su restauración, se descubre que esta del Museo del Prado (Madrid) fue pintada al mismo tiempo que la original y, por tanto, tiene que ser de un discípulo suyo muy cercano y hábil, quizá Francesco Melzi o Andrea Salai, si bien expertos italianos apuntan a un discípulo español, acaso Fernando Yáñez de la Almedina o Hernando Llanos.
Alessandro Vezzozi rechaza las atribuciones a Melzi o Salai señalando que da Vinci documentó en sus manuscritos al autor como un «Fernando, pintor español» que podría ser Fernando (variante de Hernando) Llanos o Fernando Yáñez de la Almedina. También Pietro Marani, considerado el principal experto en Leonardo, descarta la autoría de Salai o de Melzi, que aún no era ni aprendiz de Leonardo.

La Gioconda del Prado antes de la restauración.

La Gioconda del Prado tras la restauración muestra un magnífico estado.

La Gioconda española se conserva mucho mejor que la original, considerada sumamente frágil y que los responsables del Louvre se niegan a restaurar por los riesgos que implica. Según los expertos, este cuadro gemelo permitirá descifrar algunos de los famosos misterios que rodean al original.
Su estado de conservación es mucho mejor que el de la obra del Louvre por la naturaleza de la tabla de mejor calidad, siendo de nogal con un grosor de 18 mm, a diferencia de la obra del Louvre, de chopo, de inferior calidad y de 13 mm de grosor. Su aspecto más limpio y su ejecución más nítida permiten obtener información sobre el paisaje de fondo y sobre detalles de elementos poco visibles en el cuadro de París: el color pelirrojo del cabello, el vestido, el velo, la silla... La tabla de tan buena calidad suscita interrogantes sobre quién encargó la obra. Según palabras de Almudena Sánchez Martín, restauradora del Prado, "el nogal es una de las maderas de mayor calidad, una madera cara, que no la utilizaban muchos pintores, nada más que los que podían permitírselo, y ha demostrado a lo largo de 500 años la gran estabilidad que tiene esta madera con el paso del tiempo". Según palabras de Ana González Mozo, "el cielo está pintado con lapislázuli, es una obra hecha con materiales de mucha calidad,... los materiales son muy buenos, nadie trabaja con materiales tan buenos si no es un encargo importante". Asimismo el periodista Javier Sierra ha comentado que "también presenta laca roja, que es también muy rara, un material muy costoso".
Vincent Delieuvin, conservador de pintura italiana del museo del Louvre, afirmó, en una entrevista de la revista Ars Magazine en su número 15, que "es muy posible que Leonardo interviniera en La Gioconda del Prado" así como que "los arrepentimientos que se aprecian en estas copias de taller tienen relación con los dibujos autógrafos de Leonardo y seguramente puedan tener intervenciones suyas", haciendo referencia a una carta de Pietro de Novellara a Isabel de Este donde le relataba una visita al taller de Leonardo en Florencia en 1501. Asimismo, en el dibujo del paisaje de la obra del museo del Prado, a la derecha de la figura, hay estrechas relaciones con el dibujo de Leonardo da Vinci llamado "Masa rocosa", datado hacia 1510-1515 (conservado en el castillo de Windsor), de ahí que la datación del cuadro del Prado se dilate en el tiempo hasta el 1516.

La Gioconda del Louvre.

Todos estos datos reconocidos oficialmente dejan entrever ciertos misterios sobre la Gioconda del Prado. Ya es muy llamativo que esta Gioconda, seguramente retrato de Lisa Gherardini, fuera pintada a la vez que la del Louvre en el taller de Leonardo y seguramente bajo su supervisión como poco, y que además esté realizada con mejores materiales.
Javier Sierra narra bien el enigma de la Gioconda de Madrid abriendo una fascinante posibilidad:
Ya a principios del siglo XX la obra había estado envuelta en polémica. Con el robo de la Gioconda del Louvre, la prensa volvió los ojos hacia esta poco considerada obra; un desconocido que firmaba como "The Spaniard" envió en 1911 una carta a The New York Herald aduciendo detalles técnicos que demostraban que el cuadro era un auténtico Leonardo. Según este anónimo, las descripciones que Vasari (el biógrafo de los principales artistas del Renacimiento, contemporáneo de ellos, y a quien debemos el título del cuadro) había hecho de la pintura de Leonardo se correspondían más con el cuadro del Prado que con el del Louvre.
Cuando un siglo después, a principios de 2011, se comprobó que el fondo negro de la obra era un añadido de 1750 y se procedió a retirarlo, apareció un paisaje idéntico al de la Gioconda de París. La noticia corrió alrededor del mundo con gran revuelo en los círculos artísticos y llamadas a la prudencia por parte de los responsables del museo del Prado.
Hay varias lagunas en torno a esta obra que son dignas de mención. La primera es su propia procedencia. La mención más antigua al cuadro de Madrid data de 1666 y se encuentra en el inventario de obras del Alcázar de Madrid. La hipótesis de los expertos es que fue un regalo de Diego Mesía, gobernador de Milán y experto en arte, a la corte española. Otra hipótesis apunta a que quizá lo importó a España Pompeo Leoni, escultor de Felipe II, el mismo que había adquirido de Orazio (hijo de Melzi, heredero universal de Leonardo) los dos códices de da Vinci que hoy se custodian en la Biblioteca Nacional.
El segundo enigma, sobre el que se han vertido ríos de tinta, se refiere a la identidad de la dama retratada. Vasari había descrito así la pintura: "En las cejas se apreciaba el modo en que los pelos salen de la carne, más o menos abundantes y, girados según los poros, no podían ser más reales."
Curiosamente, la Gioconda de París no tiene cejas, y estas no aparecen tampoco en las radiografías de la tabla, mientras que sí son bien visibles en la Gioconda de Madrid.
Existe también un boceto de Rafael Sanzio realizado en una de las visitas al taller de Leonardo, que muestra una dama más juvenil que la del Louvre flanqueada por dos columnas. Este elemento apenas se insinúa en la Gioconda francesa, pero sí destaca (y mucho) en la del Prado.
Javier Sierra ha encontrado otra pista en el Trattato dell’arte della pittura, escrito por un discípulo de Rafael llamado Giovanni Paolo Lomazzo, en donde dio con un encendido elogio a las obras de Leonardo; el autor las enumera y entre ellas alude a "la Gioconda y la Mona Lisa», es decir, ¡las cita como dos obras diferentes!


Por tanto, de una manera u otra, se abre la magnífica posibilidad de que la Gioconda del Prado sea una obra auténtica de Leonardo da Vinci que ha estado durante siglos en las Colecciones Reales de España hasta hoy que se muestra en el Museo del Prado de forma continua y llamando poderosamente la atención de las miradas con su mirada... y su sonrisa.



viernes, 31 de octubre de 2014

TODOS LOS SANTOS EN JAÉN... SAMAÍN.

Era costumbre, y sigue siendo todavía en buena medida para mucha gente, celebrar en Jaén el día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, con una gran cena familiar de casi la misma importancia que la de Navidad. Antiguamente ese día el sonido de las campanas dominaba toda la ciudad. Desde las tres de la tarde, después de los credos, doblaban a muerto en la catedral, en las iglesias, en los conventos; lentas, reiterativas, las campanas se hacían dueñas de la población y encogían los ánimos; también durante la noche, y en lo alto de las torres los campaneros encendían fuegos que arrojaban siniestros resplandores.



Las visitas al cementerio, el desfile de coronas y de flores, de mantos y lutos, los responsos entre las tumbas, las carteleras de “Don Juan Tenorio”, todo contribuía a impresionar, a predisponer a las gentes para conmemorar el inmediato día de los Fieles Difuntos y asistir a las tres misas de privilegio.


Por las calles de la ciudad se situaban las castañeras, los paveros y los vendedores de mieles. Después de cantadas en los templos las vísperas de difuntos, las familias se reunían para rezar el rosario, comenzar la novena o el mes de ánimas. Se juntaban en casa de los abuelos o de los padres, si aquéllos faltaban, y se encendían lamparillas, una por el alma de cada allegado, otras por todos los difuntos. También se prendían las mariposas, muchas veces puestas dentro de las calabazas y melones ahuecados que tanto les gustaban, y gustan, a los niños para pasearlos por las calles. Y con ocasión de estas reuniones familiares se cenaban los platos propios del otoño. Una sopa sustanciosa, una verdura y el pavo de los Santos, acompañado de las primeras aceitunas de cornezuelo y de buenos vinos, y de postre castañas y batatas asadas, y las gachas con picatostes; luego se incorporaron dulces como los huesos de santo o los buñuelos. Después de la cena tan copiosa el tiempo transcurría entre los recuerdos de los que se fueron, hasta el momento de irse a dormir en una noche que para muchos era de sobrecogimiento y temor. El miedo a las almas errantes hacía que en la noche de vísperas del día de difuntos las gentes taparan las cerraduras de las puertas con las típicas gachas, para así evitar que en aquella inquietante noche entraran por ellas a sus casas.
Y este recuerdo de los queridos difuntos se estiraba devoto durante todo noviembre en una ciudad en donde había muchas cofradías dedicadas a las benditas Ánimas del Purgatorio; era el mes de Ánimas, el dichoso mes, que entra con los Santos y sale con san Andrés.
El tiempo fue suavizando las costumbres de aquel día, los rezos empezaron a relegarse y la cena fue perdiendo su carácter solemne y de tristes o respetuosos recuerdos. Y ahora solo queda una sombra de esta tradición, tan presionada por superficiales y comerciales costumbres estadounidenses, pero a pesar de todo sigue sobreviviendo y teniendo su encanto… Por cierto, parece ser que el hecho de hacer una gran cena familiar era costumbre peculiar de la ciudad de Jaén y no de otros lugares del entorno, teniendo un origen y motivación desconocidos pero de raiz muy popular… Quizás habría que remontarse al Samaín…
El Samaín, como se dice en Galicia, o Samhain para los británicos o Samonios para los galos, es la festividad de origen celta que está en la base de las tradiciones de los días de Todos los Santos y de Difuntos. Era la más importante de la antigua religión que no solo hay que considerar celta y que dominó Europa hasta la llegada e imposición del cristianismo a partir de finales del siglo II, celebrándose en tiempos más recientes siempre en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre pero que originalmente abarcaba tres noches que oscilaban alrededor del 5 de noviembre, en medio del equinoccio de otoño y el solsticio de invierno, cuando hubiera Luna llena. En el Samhain, que en su etimología gaélica significa “fin del verano”, se celebraba el final de la temporada de cosechas y sobre todo el Año Nuevo celta, que comenzaba con la estación oscura o invernal de seis meses que duraba hasta primeros de mayo; además era la fecha clave para reverenciar a los antepasados. Por tanto, era una fiesta de transición, por el paso de un año a otro, y también de apertura al otro mundo, el de los muertos, con una serie de festividades que duraban tres días con sus noches y que finalizaban con la fiesta de los espíritus en la noche de Luna llena, y con ello se iniciaba el Año Nuevo.


Los celtas celebraban esta fiesta con ritos en los cuales los sacerdotes druidas, sirviendo como médium, se comunicaban con los antepasados esperando su guía en esta vida o la preparación para la otra en el Más Allá. Se creía que los espíritus de los ancestros venían en esa fecha a visitar sus antiguos hogares y la comunicación con ellos era más fácil. Se encendían velas y se dejaban en las habitaciones o en las ventanas para ayudar a guiar al hogar a los espíritus de los antepasados y de los seres queridos fallecidos. Incluso algunos ponían más sillas en las mesas y alrededor de las chimeneas para los invitados invisibles. En algunos sitios se preparaba una comida especial para los difuntos, que solía ser algún tipo de pastel o torta. Para los espíritus perdidos o que no tenían descendientes se ponían manzanas en las calles y en los caminos, y para mantener a otros espíritus contentos y alejar a los malos de sus hogares dejaban comida fuera, en las puertas o en los altares. Se vaciaban nabos o melones, posteriormente también calabazas tras el descubrimiento de América, para ponerles velas dentro como recordatorio de los difuntos y hacer una especie de procesión de almas. Algunas de estas costumbres siguen vivas con el sabor original en zonas de Galicia (donde ya se ha dicho se llama Samaín) y también de León, Zamora y el norte de Cáceres. Y Samhain o Samonios es como se llamaba para los antiguos celtas su primer mes del año, el que ahora es el mes de noviembre, con lo que todo el mes podría estar dedicado a las ánimas, como era costumbre en Jaén.
En la mitología celta, los áes sidhe o pueblos feéricos, es decir, de las hadas, también celebraban Samhain y dejaban más abierta la posibilidad de interactuar con los humanos. En la víspera de noviembre las hadas, de aspecto y altura humanos, podían tomar maridos mortales y se abrían todas las grutas de las hadas para que cualquier hombre que fuera lo suficientemente valiente pudiera entrar y admirar sus palacios llenos de tesoros. Pero eran muy pocos los hombres que se aventuraban voluntariamente en aquel reino encantado, pues sentían por las hadas un gran respeto mezclado con temor.


De esta manera, en Samhain o Samaín se abría el portal hacia el mundo de los muertos y otras dimensiones, era el momento perfecto para la comunicación, la adivinación y las invocaciones.

Extraído de uno de los capítulos del libro "Jaén paranormal".

lunes, 22 de septiembre de 2014

EL GOLFO TARTÉSICO, EL LAGO LIGUSTINO Y TARTESSOS

Alrededor del Golfo Tartésico y el Lago Ligustino o Ligur se centraba la cultura o civilización tartesia, de tanta importancia no solo para la historia de España. Sus connotaciones respecto al origen de la civilización occidental son grandes hasta el punto de sospechar que se trataba de un foco cultural de primer orden, quizás equiparable, en la época conocida como pretartesia, a los del oriente mediterráneo, e incluso, para los más atrevidos, heredera de la civilización madre de la Atlántida.


Pero esto no es el tema de este artículo, sino el aclarar la antigua geografía y su datación, es decir, la paleogeografía de la zona que se considera germen de esta cultura y lugar de ubicación, por tanto, de su capital, Tartessos, que dio nombre a toda esta civilización.
Para empezar, y muy importante, la situación del Lago Ligustino siguiendo la línea de investigación tan extendida que encabezó el estudioso alemán Adolf Schulten (1870-1960) es errónea.


Así se sigue considerando por muchos al Lago Ligustino en época romana pero hay estudios bien fundamentados que plantean que este lago no existía como tal en época romana ni antes en esa zona, que sería más bien en época romana un estuario con marismas parecidas a las actuales, y que el Lago Ligustino estaba más arriba en el curso del Betis - Guadalquivir. Por tanto, este mapa es erróneo en considerar que en época romana había una extensión de agua tal en esa zona y que se llamara Lago Ligustino. Hubo agua, pero fue antes y era el estuario o golfo Tartésico.
El golfo en la desembocadura del Guadalquivir tuvo que ser del III milenio a.C. para atrás. Porque luego la configuración de esa zona ya fueron marismas parecidas a las actuales. De esta manera, en la época tartésica oficial y luego en la época romana, las marismas y la línea costera son muy similares a las de ahora, con más agua, pero siempre de tipo marisma. Y si existió un Lago Ligustino fue más arriba en el curso del Guadalquivir, desde Sevilla hacia arriba. Lo del Lago Ligustino es una mala interpretación del texto de la Ora Marítima de Avieno (siglo IV d.C. basándose en escritores más antiguos): "Pero el río Tarteso (Betis - Guadalquivir), fluyendo desde el lago Ligustino, a campo traviesa, envuelve una isla de pleno con el curso de sus aguas. No corre adelante por un cauce único, ni es uno solo en surcar el territorio que se le ofrece al paso, pues, de hecho, por la zona en que rompe la luz del alba, se echa a las campiñas por tres cauces; en dos ocasiones, y también por dos tramos, baña el sector meridional de la ciudad (Tartessos)." El texto no dice que estuviera en la desembocadura sino más arriba de su curso final, desde el cual fluye. También nos indica que justo al final del Lago Ligustino estaba la capital tartesia, en la zona actual de Coria del Río y La Puebla de Río, en lo conocido como estrecho de Coria donde aún el cauce del Guadalquivir desemboca en las marismas, que eran en época tartesia ya unas marismas, aunque más abiertas a las aguas del río y el mar, que habían sustituido al anterior Golfo Tartésico.



En estos dos mapas se nombran correctamente el Golfo Tartésico y el Lago Ligustino o Ligur. La superficie de agua delante del océano era el Golfo Tartésico y al norte el río desembocaba en él a la altura de Coria formando antes el Lago Ligustino. En el primer mapa se incluyen los nombres histórico-legendarios de los diferentes lugares del entorno según una posible teoría. La capital, Tartessos, estaría situada en unas islas en la desembocadura del río Guadalquivir en el Golfo Tartésico, junto a Coria. Para otros, el Lago Ligustino podría estar ahí, quizá más arriba, pero el Golfo Tartésico no existiría como tal, sino que era ya un estuario con marismas que llegaban hasta una línea de costa cercana a la actual. Por tanto, este mapa podría ser más posible del milenio III a.C. para atrás, es decir, de la Edad del Cobre hacia atrás.


En este mapa se amplía la zona de Coria del Río (Sevilla), la antigua Caura, posible ciudadela y fortaleza de Gerión o Caureón, frente al cual podría estar la ciudad de Tartessos, en las islas Eritías que formaban el delta de la desembocadura del río Guadalquivir desde el Lago Ligustino al norte del Golfo Tartésico, que para otros ya era desde finales del III milenio a.C. un estuario con marismas. Se trata de una hipótesis muy interesante y plausible basada en diversos estudios bibliográficos, históricos y geológicos del coriano Francisco José Barragán de la Rosa, profesor de Química de la Universidad de Sevilla, con la colaboración del investigador también coriano Antonio Alfaro Suárez.

Pero, como estamos viendo, no coinciden las fechas geológicas con las históricas de las descripciones antiguas, pues estas parecen indicar un Golfo Tartésico más abierto en época tartesia e inmediatamente posterior. Quizás sean malas interpretaciones actuales al pensar que decir que el río desembocaba tras el Lago Ligustino es que ya lo hacía en una superficie abierta de agua, cuando en realidad lo estaba haciendo en unas marismas, más abiertas que ahora, sí, pero unas marismas que evidentemente no eran el océano todavía.
Para dar luz sobre la paleogeografía de la desembocadura del Guadalquivir creo importante hacer caso al estudio realizado por el profesor de la Universidad de Huelva Francisco Borja Barrera.


En estos tres mapas se condensan sus conclusiones:
1.- 6.500 a.C., cuando mayor extensión tuvo el entrante marino y estuario del río. Se mantuvo prácticamente así hasta el 5.000 a.C.
2.- Entre los milenios II y I a.C. Se corresponde a la época de la civilización tartésica admitida oficialmente, la de las descripciones de los clásicos griegos y romanos. Desde unos 1.500 años antes, hacia el 3.000 a.C., se aceleró la acumulación de depósitos en el estuario formándose las marismas.
3.- Últimos mil años. Se completan las marismas hasta el día de hoy.

Según estos esclarecedores mapas y su cronología, vemos que ya en época tartesia existían las marismas pero con los cauces del río mucho más grandes permitiendo un mayor flujo del agua marina que se haría evidente en las mareas. Aún hoy las mareas se notan en Coria, por entonces serían mucho mayores. Pero que el estuario, es decir, el Golfo Tartésico, estuviera todavía abierto es cuestión de unos mil años antes, hacia el 2500 a.C., como confirma Juan Antonio Morales González, también de la Universidad de Huelva, que encaja perfectamente con estos mapas, entre el 1 y el 2, en la época en que los sedimentos empezaron a tomar protagonismo y a formarse las marismas en el milenio III a.C.
Al mismo tiempo estos mapas nos dejan claro que la desembocadura del río Guadalquivir al Golfo Tartésico siempre ha sido por el estrecho de Coria desde el Lago Ligustino, que no está incluido en ellos. Y, por tanto, abre aún más la posibilidad de que la capital de Tartessos estuviera en esa zona, como parecen indicar los textos antiguos como la Ora Marítima de Avieno, y descartar algo más que se situara más abajo, en las inestables tierras de las marismas y cercanas al océano Atlántico. Solo hay que repasar la situación de las principales poblaciones actuales herederas de las antiguas y de los templos y santuarios antiguos para darse cuenta que todos se sitúan en la costa de aquel Golfo Tartésico que luego se hizo marisma, es decir, estaban en tierra firme y estable desde el principio de esta civilización tartesia, allá por la época megalítica hace como poco seis milenios.
¿Por qué no se ha encontrado aún la ciudad de Tartessos si posiblemente estuvo junto a Coria y Puebla? Quizás, como en la teoría antes expuesta de Francisco José Barragán y Antonio Alfaro, porque si estaba en unas islas entre el empequeñecido Lago Ligustino y las marismas cada vez más extensas, esas islas en realidad no serían estables pues eran fruto de la sedimentación, y entonces un posible desastre natural pudo modificar gravemente estas tierras incluyendo la inundación y destrucción de la ciudad.
Y esto es posible pues se sabe que a finales del siglo VI a.C. hubo un tsunami en la costa atlántica que tuvo que afectar a las todavía relativamente abiertas marismas de la desembocadura del río, y si además coincidió con marea alta las consecuencias fueron mayores. Hacia finales de ese siglo, casualmente, empezó a no saberse nada de Tartessos, que cayó bajo el dominio de los cartagineses. Se suele aceptar que ese dominio fue a causa de la victoria púnica en la batalla marítima de Alalia, en Córcega, hacia el 537 a.C., en donde, aliados con los etruscos, derrotaron a los griegos focenses, lo que les abrió el dominio de todo el Mediterráneo occidental y, por tanto, de la preciada y ansiada joya tartesia, la cual mantuvieron desde entonces en exclusiva y cerrada al resto del mundo. Pero quizás no fue solo una derrota militar lo que provocó el inicio del control cartaginés, posiblemente lo que dejó abierta esta tierra al dominio púnico fue el desastre natural que afectó a su capital y a otras partes de su rica civilización. Es una posibilidad que futuras investigaciones arqueológica y geológicas tendrán que dar validez, aunque algún estudio de la Universidad de Sevilla ha concluido que aquel tsunami no afectó mucho al interior de las marismas pues estas ya eran suficientemente grandes como para frenar en buena parte su fuerza destructora; pero sí afectó más a zonas como la Bahía de Cádiz y la Ría de Huelva, cuestión que utilizan a su favor los que piensan que la ciudad de Tartessos estuvo en alguno de esos dos lugares y que fue posiblemente destruída por la ola gigante. A pesar de todo quizás sigan estando sus restos en el entorno de Coria, a lo mejor no cubierta bajo metros de sedimentos del río sino en la tierra firme del estrecho, destruida por otras circunstancias, entre ellas posiblemente por el enfrentamiento con los cartagineses u otras calamidades históricas posteriores. Estrabón en su Geografía cita cuatro ciudades destacadas de la Turdetania: Córduba, Gades, Híspalis y Betis, estando esta última todavía ilocalizada. Esta ciudad del mismo nombre que el río era destacada por Estrabón, además de por su mercado que se deduce antiguo, por su renombre y haberse instalado en ella como colonos los soldados de César Augusto. Se dice que podría ser Itálica (que luego nombra Estrabón como otra ciudad) o Triana, pero sin prueba ninguna; quizás fuera Tartessos, de igual nombre que el río que lo abrazaba, que los romanos llamaron Betis y que permanece perdida en este caso desde época romana.
Lo dicho, nuevas investigaciones y hallazgos tendrán que aportar más datos sobre la ubicación de Tartessos, pero lo que está claro es que en época del Tartessos oficial, es decir, el de la primera mitad del primer milenio a.C., el Golfo Tartésico ya era en buena parte marismas aunque con los cauces del río mucho más amplios, y el Lago Ligustino seguía existiendo desde Coria hacia arriba pero reducido.