viernes, 31 de enero de 2014

LOS TESOROS OCULTOS DE LOS TEMPLARIOS

Las grandes riquezas de la Orden de caballeros del Temple despertaron la codicia del rey de Francia Felipe IV el Hermoso y del papa Clemente V. La sede del Temple en París casi se había convertido en el centro monetario internacional, depósito del tesoro real francés, generando envidias, especulaciones y leyendas en torno a esta orden que parecía ya tan alejada de su lema "Non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam" (nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre).



Entre las especulaciones y leyendas generadas destacaron sobremanera las referidas a la existencia y ubicación de un fabuloso tesoro una vez que la orden se disolvió en 1307, lo que motivó su búsqueda hasta incluso nuestros días. Poco antes de las detenciones, el gran maestre Jacques de Molay hizo quemar muchos libros y reglas de la orden. Hay datos que aseguran que un grupo de caballeros protagonizó una fuga organizada en la que pudieron llevarse el tesoro, sacado en secreto de la preceptoría de París, de noche, antes de las detenciones del 13 de octubre. Fue transportado hasta la costa atlántica, muy posiblemente hasta el puerto de La Rochelle, base naval de la orden, y cargado en dieciocho galeras.


Se habla de que los templarios pudieron custodiar no uno sino varios tesoros. Uno sería económico, otro de documentos y otro de reliquias, las más codiciadas de la cristiandad. A partir de aquí se ha dicho mucho de esta orden que se considera por algunos la primera banca de la historia: que estuvieron en América explotando minas de plata doscientos años antes del descubrimiento oficial; que dejaron sus secretos cifrados en el arte arquitectónico; que establecieron el culto a las vírgenes negras como símbolo de femenina sabiduría; que conservaron durante un siglo la Sábana Santa; que custodiaban el Santo Grial; que encontraron las Tablas de la Ley, el Arca de la Alianza y la Mesa de Salomón. En fin, tantas cosas que han hecho al Temple la orden más misteriosa de la historia.
Parece claro que el objetivo primordial de los nueve primeros hombres de la Orden de los Caballeros del Templo, cuando se asientan en 1118 en las caballerizas del antiguo templo de Salomón en Jerusalén, era la búsqueda de algo de capital importancia. Investigadores como Louis Charpentier creen que al cabo de nueve años de búsqueda, Hugo de Payens y sus ocho caballeros encontraron en Jerusalén el Arca junto a otras piezas de gran valor que llevaron a Francia, a la región del Languedoc, el último bastión de los cátaros antes de su exterminio a mediados del siglo XIII. Años después, tras la extinción de los templarios, una cúpula dirigente y clandestina se debió de instalar al otro lado de los Pirineos, en determinadas fortalezas templarias de los reinos de Aragón y de León, quizás con alguno de sus secretos tesoros. Desde hace muchos siglos, el Arca ha sido buscada en los subterráneos del antiguo templo de Salomón, en Aksum (norte de Etiopía), en alguna cámara secreta de las pirámides de Egipto, en la capilla de Rosslyn en Escocia, en alguna catedral gótica francesa o en castillos templarios como el de Ponferrada (León).
Para muchos, por tanto, el tesoro templario debió de ser la posesión del Arca de la Alianza durante un cierto tiempo. Arca que, además de contener las Tablas de la Ley, la vara de Aarón y el maná, podría ser un artefacto de un alto nivel tecnológico cuya existencia no podía ser revelada a nadie por la peligrosidad que confería su uso y hasta su mera posesión. Hay un relieve del Arca con una inscripción en el portal norte de la catedral de Chartres; la inscripción dice "Hic amittitur archa cederis" (Aquí queda depositada, obrarás según el Arca). ¿Una prueba de que el Arca fue encontrada por los templarios?


Para otros, el gran tesoro templario sería más bien el Santo Grial. Según la literatura griálica medieval, encabezada por el Pasifal (Parzival - Perceval) de Wolfram von Eschenbach, el brillante Grial era custodiado por un tipo de caballeros que hace pensar en los templarios. Además, el castillo donde se guardaba estaba, según los indicios, en el sur de Francia, en el Languedoc de los cátaros. Quizás estos junto a los templarios guardaron este tesoro. Se cuenta que del castillo de Montségur, uno de los últimos reductos cátaros que resistían, el día antes de caer en manos francesas en aquel tremendo asedio de 1244, escaparon por las escarpadas rocas un grupo de hombres con algo muy preciado, quizás el Santo Grial, que se llevó a las cuevas de Lombrives o más bien cruzó los Pirineos hacia otros cobijos en la península Ibérica; luego, a lo mejor, formó parte de ese tesoro templario que se trasladó a otras tierras incluso más allá del Atlántico. La leyenda o historia de los templarios como guardianes del Grial ha sido seguramente la que más literatura ha motivado, con personajes precursores como el nazi Otto Rahn, que con tanto ahínco investigó y buscó el Grial en las tierras pirenaicas.


Porque el tesoro oculto templario podría estar relacionado con sus viajes transoceánicos, lo que además explicaría otro de sus enigmas: el origen de sus inmensas riquezas que luego sirvieron para financiar la gran cantidad de templos góticos que presuntamente mandaron construir.
Y las claves podrían estar en la capilla de Rosslyn. La historia nos dice que el tercer conde de Saint Clair construyó en Rosslyn una capilla octogonal, de inspiración templaria y repleta de simbolismo esotérico, que es considerada por masones de todo el mundo como su lugar sagrado y en la que se dice enterraron los templarios sus tesoros, incluido el Santo Grial. En ella hay esculpidas mazorcas de maíz y otras plantas americanas. Esta es una de las evidencias que sustentan la autenticidad de una posible expedición realizada a América en 1398 por el noble Henry Saint Clair, con la ayuda de los hermanos Zeno, avezados navegantes venecianos. Su intención era fundar una nueva Jerusalén. En el caso de que fuera cierto este viaje se podría especular con la idea de que escondieran allí sus riquezas tanto materiales como religiosas. Uno de los indicios de la incursión templaria en América nace de una leyenda familiar en Escocia de la que tenemos datos gracias a la obra de uno de los descendientes de Saint Clair, Andrew Sinclair, titulada "La espada y el grial" (1992). Nos dice que el príncipe Henry Saint Clair partió en 1398 con trescientos colonos y doce embarcaciones. Su travesía  condujo a la expedición hasta la costa nordeste de los actuales Estados Unidos, que desembarcó en Nueva Escocia y dejó sus huellas en la costa de Massachusetts. Allí pasaron la primavera de 1399 para, después, regresar algunos de ellos a su lugar de origen. En una losa de la capilla de Rosslyn, construida en 1446 por un nieto de Henry, los miembros del clan Sinclair descubrieron la vinculación de sus antepasados con los templarios y comprobaron como, tras la disolución de la orden, un grupo de caballeros se refugió en las propiedades escocesas de los Sinclair, llevando consigo parte de sus documentos y riquezas. La familia Sinclair gastó, desde entonces, gran cantidad de dinero que, al parecer, procedían de América. Un secreto que ha quedado reflejado en un antiquísimo sello, datado en 1214, en el que puede leerse Secretum Templi al tiempo que muestra a un supuesto indio con plumas.




Y no es el único. En Francia, en el tímpano de la catedral de Vézelay, fechado alrededor de 1150, se halla representado otro amerindio con grandes orejas. O la presencia de indígenas americanos adornados con plumas en los conocidos graffitis de la catedral de Gisors.
Esta posibilidad de presencia templaria en América que muestran los Sinclair entronca con las investigaciones de Jacques de Mahieu, según el cual la flota templaria habría llegado a México en 1307 desde La Rochelle huyendo de la sabida persecución, a través de una ruta que los propios templarios ya habrían marcado desde tiempo antes, entre los años 1272 y 1294. Y el citado Charpentier cree que esas minas de plata estarían ubicadas en el Yucatán (México). Ahora bien, las islas Canarias podrían servirles de escala, vía América, y además como refugio y escondite del tesoro, ya que eran lugares seguros al no estar todavía conquistados, cosa que pasaría siglo y medio después por la corona castellana. De esta forma, el santuario de Nuestra Señora de la Candelaria contendría las claves de los tesoros materiales y espirituales que habrían sido puestos a salvo antes de la abolición de la orden. Esta tesis la mantienen investigadores españoles como Rafael Alarcón, Emiliano Bethencourt, Félix Rojas o José Antonio Hurtado, así como el noruego Thor Heyerdahl, quien afirmó en su día que Colón ya había viajado a América varios años antes de su descubrimiento oficial formando parte de una expedición danesa, pero parece más probable que más bien Colón sabía de las rutas hacia América por sus contactos, como proponen algunos, con personas que habían heredado el conocimiento templario a través de ciertas órdenes españolas y portuguesas fundadas tras la abolición de la orden del Temple.
Además, en los ropajes de la Virgen de la Candelaria original existían talladas unas extrañas letras cuyo significado aún se desconoce. La actual talla también lleva impresas estas letras. ¿Un mensaje cifrado relacionado con el Temple?



Si de las riquezas económicas poco se sabe, poco más se sabe de los tesoros religiosos o de conocimiento secreto. Ya he comentado la posibilidad del Arca de la Alianza y el Santo Grial. También estaría la Mesa de Salomón, que se cuenta no encontraron en Jerusalén sino más bien en Europa, siendo muchos los que opinan que estaba guardada en España, mayoritariamente se suele considerar que en Toledo o Jaén, ciudades a las que habría llegado de mano de los visigodos tras saquear Roma, que a su vez habría robado la Mesa del Templo de Salomón. La cuestión de si estaba en Toledo o en Jaén es fundamentalmente por el motivo de si hubo traslado de este importante objeto sagrado con la conquista árabe; hay quien cree que la Mesa no salió del mágico Toledo, en la enigmática Cueva de Hércules u otras poblaciones cercanas de la provincia, y otros piensan que sí fue trasladada por los árabes para llevársela fuera de España hasta Damasco pero que unos fieles guardianes consiguieron arrebatársela a tiempo por tierras de Jaén y allí se quedó en secreto. Luego, con el pasar de los siglos, el Temple se interesó por su paradero, quizás se quedó conforme sabiendo que estaba bien protegida, a lo mejor colaboraron, y en el tiempo de su persecución y abolición intentaron tomar la reliquia, con lo que se envió para ello desde París a un tal Petrus Verginus, o Pedro Bergino, pero parece ser que no se lo permitieron sus fieles guardianes en Jaén o Toledo. Fuera como fuese, de la Mesa de Salomón no sabemos nada seguro en nuestros días, solo leyendas y pistas que se pueden interpretar de distintas maneras.



Del gran tesoro de conocimiento y espiritual de los templarios tenemos como gran símbolo el Bafomet, esa extraña cabeza barbuda que tanto sirvió para acusarlos de herejía e idolatría. Unos dicen que sería la representación del rostro de Jesús de la Sábana Santa que ellos custodiaron durante un siglo, otros que era un ídolo de antiguos cultos oscuros, y otros que representaba el saber, la Sofía, que tanto anhelaban los caballeros templarios. ¿Conocimiento desde la oscuridad o desde la luz? El desconocimiento de lo que se traían en concreto entre manos los templarios hace que se nos muestren como ambiguos; lo que nos muestran precisamente sus supuestos tesoros, lo mismo amontonando riqueza material que espiritual, lo mismo del lado del mal que del bien, o eso parece...

jueves, 12 de diciembre de 2013

LAS CLAVES ESOTÉRICAS DE LA ALHAMBRA

El palacio de la Alhambra, el gran monumento emblemático de la ciudad de Granada, tiene un significado esotérico que impregna toda la construcción, el cual una parte se refleja en su configuración y belleza pero otra permanece discreta y paciente.
Muhammad I, el fundador de la dinastía nazarí, más conocido como Alhamar y que nació en la también enigmática Arjona (Jaén), empezó las obras del palacio de la Alhambra a mediados del siglo XIII que hasta entonces solo era una fortaleza. Y Muhammed V, aliado de Pedro I en la guerra civil castellana y que tan belicoso fue con las tierras jiennenses cuna de su estirpe real, mandó construir el Patio de los Leones en 1377, finalizándose en 1390, siendo el culmen del palacio granadino. En poco más de un siglo la Alhambra tomó su forma fundamental conteniendo todas sus claves esotéricas. Para presentar estas claves, que vamos a considerar como siete, me apoyaré en el profesor y escritor Antonio Enrique, autor del "Tratado de la Alhambra hermética "(Port Royal, 2004).
Emplazada en un lugar privilegiado de al-Ándalus, confluencia de tres ríos y siete colinas que valió a diversos autores de la Antigüedad compararlo con los míticos Campos Elíseos, la Alhambra yergue sus contornos de fantasía bajo el palio de las nieves perpetuas de Sierra Nevada y sobre los verdes de su Vega legendaria, desde la cual parece un fantástico navío encallado en la colina de la Asabika, donde el palacio se asienta.


Y esta es la primera clave del monumento: la Alhambra surge ante nuestra vista como una prolongación natural y armónica del paisaje donde se asienta, no como una imposición humana de poder sobre un territorio. Existe, pues, continuidad entre paisaje y monumento, como si la Alhambra no hubiese sido tallada por mano humana, sino construida por la propia fuerza de los elementos telúricos.


Una segunda clave, ya en el interior, nos llevaría al mágico aserto de que «lo de arriba es igual a lo de abajo». Es así como la Alhambra semeja suspendida en el aire. La razón es muy concreta: la construcción posee superestructura (arcos, bóvedas, techumbres) mucho más sólida que la infraestructura (columnas, basas, capiteles) donde se apoya. Luego su efecto visual es este: la masa no parece pesar; de alguna manera la construcción semeja burlar las leyes gravitatorias. Así, el gótico europeo invierte aquí el sentido de su equilibrio, puesto que no se adelgaza hacia arriba, sino al contrario: de arriba hacia abajo. Lo cual redunda en la escenificación mágica del desdoblamiento espacial debido al reflejo de la construcción en las aguas de los estanques que le anteceden. Tal es el sentido del palacio de Comares, sobre el estanque de los Arrayanes, o de la torre de las Damas sobre la alberca del Partal.



La tercera clave ha de referirse forzosamente a la proporción de todos y cada uno de los volúmenes que se integran y articulan en la Alhambra. Absolutamente todas sus partes conforman un código de medidas áuricas. Como paradigma, pudiéramos referirnos al salón del Trono, inserto en la torre de Comares. La altura de la pirámide que corona tan increíble estancia es igual al radio del perímetro de sus cuatro lados, la suma de los cuales equivale a la altura total de la torre en cuyo interior se ubica. Antiguamente se denominaba cuadratura del círculo a tal efecto. La epínomis universal puede perfectamente constatarse en el patio de los Arrayanes, cuyo cociente entre ancho y largo nos ofrece el resultado de la mitad del número pi, esto es, la epínomis. Y si desde el mismo patio, contemplamos la torre sobre su arcada, arriba del estanque, podemos constatar que el total (suma de la altura total más la altura desde el suelo al listón que separa frontal de la torre y techumbre de la arcada) es igual a la mayor (altura total), como la menor (altura hasta el listón) es igual a la mayor.


La cuarta clave es para su simbolismo. Existe un simbolismo teológico y otro escatológico, como también de orden cromático y geométrico, y aún botánico, pues en la Alhambra todo es en razón a cuanto representa. El teológico contempla el salón del Trono como su mejor emplazamiento. Su techumbre es toda una escenificación del Paraíso, tal como lo establece la sura coránica que ornamenta una de las cenefas de sus muros. Pero lo es en la secuenciación geométrica, no figurativa. Vemos ahí, en este supremo artesonado, los siete cielos de su estructura, con origen en el último, o más alto, un cupulino que, en su centro, representa el ojo de Alá, el cual no es sino dos cuadrados cruzados en un octógono. Y es de aquí, de esta célula madre, de donde parte toda geometría prolongando sus segmentos, los cuales configuran polígonos sin fin, las ruedas de sus lacerías (zafates y candilejos), como plasmación de un firmamento constelado. El sultán se situaba en majestad exactamente debajo de este trono divino, como su contrapartida humana y tal como si hubiese de recibir su inspiración sagrada. Toda la Alhambra no es sino la prolongación de los ejes e intersecciones laberínticas que parten de este octógono; sus volúmenes se insertan en ellos, graduándose conforme una visualidad que confunde los perfiles. El simbolismo escatológico contempla, análogamente, el palacio de Comares como la representación de los distintos tránsitos de una jina, o itinerario astral, según el Libro copto de los Muertos: las siete puertas del Amenti (los siete arcos del Pórtico norte), el propio Amenti (sala de la Barca, con su artesonado de barca invertida), el Ialou (salón del Trono con las siete esferas de su bóveda), a lo que hay que añadir el iconográfico mar de Num (el propio estanque de Arrayanes, planta asociada –como el ciprés– a la inmortalidad). De manera que, caminando, trasponemos el Espacio al Tiempo. Mayor metáfora de eternidad no existe.


Otro tanto podría decirse del patio y palacio de los Leones. El arquetipo no es ya el Edén, sino su referencia coránica en el mundo terrenal: el oasis sagrado de Sabá, Iram de las Columnas, el palacio de Salomón. Pues es lo cierto, por inquietante que parezca. La Alhambra está concebida como Templo y Palacio de Salomón, según lo define el Libro de los Reyes. Y su proporción es exacta. El Templo de Salomón es Comares y el Palacio de Salomón Los Leones, con su fuente de mar de bronce. La célebre Fuente de los Leones es, sin duda alguna, uno de los elementos más misteriosos de la Alhambra. La fuente se ha comprobado con la reciente restauración que es un conjunto del siglo XIV realizado con mármol de Macael (Almería); por tanto, es contemporánea al palacio aunque posiblemente imita modelos más antiguos. Lo que parece indudable es que la fuente y sus leones constituyen una evocación salomónica. Al igual que el célebre Mar de Bronce (aunque con leones y no toros), son 12 los animales que sustentan la fuente. Estos tendrían también una significación astrológica, identificándose con los 12 signos del zodiaco y los 12 meses del año. Este detalle vendría refrendado por el hecho de que 3 de los leones miran hacia el norte, 3 hacia el sur, 3 hacia el oeste y 3 hacia el este, mirando los centrales de cada terna exactamente a esos puntos cardinales; además, de la fuente surgen los cuatro ríos del Paraíso señalados por los cuatro leones cardinales, ríos que fluyen cada uno a las cuatro estancias que rodean al patio. Todo ello sin olvidar que en la frente de algunos de estos leones descubrimos enigmáticos símbolos grabados...



Con ello, damos de pleno en la quinta clave, que no es sino la de su eclecticismo ideológico e iconográfico. ¿Eran conscientes los nazaríes del Reino de Granada de constituir el ápice de sabiduría, resultante de la transmisión cultural de todos los pueblos precedentes en al-Ándalus? ¿Fueron, por otra parte, como se especula, ciertos sus contactos con la orden templaria, desde sus encomiendas en la serranía de Cazorla, a través de familias jiennenses depositarias de su legado? Pues la Alhambra es una síntesis estilizada de elementos de muy diversa extracción: persas, egipcios, romanos, mozárabes, hebreos. Sobre todo, hebreos. Granada se llamaba entonces Gárnatha al-yeud, la Granada de los judíos. En la Alhambra, en su excepcional programa iconográfico, en su ocultismo cabalístico, dejaron constancia, puede decirse, de su código genético.


La sexta clave es para la luz, la luminosidad como elemento arquitectónico dinámico, implícito en la construcción misma. Esta luminosidad, inseparable del agua, que la refracta y reverbera, medida con precisión, minuciosa y primorosamente, es lo que provoca la sensación de irrealidad que nos asalta. Es una irrealidad, sin embargo, que se palpa, que se siente: una irrealidad, por así decir, tangible. El efecto es de espejismo. Los perfiles son nítidos en Comares, pero ondulantes, insinuantes, en Los Leones, porque en la Alhambra, como en todo edificio iniciático, existe una zona yang (épica, ascética, masculina) y otra yin (femenina y lírica, mística). Hay un vapor de oro que todo lo anega, procedente de las aéreas arcadas, que gradúan toda luminosidad, e irisa y descompone en todos los matices del espectro. Así puede observarse en los ajimeces y celosías de los cielos suntuarios de las salas de Abencerrajes y Dos Hermanas, ésta última constituida en crisol de operación alquímica bajo la regencia del signo de Géminis, según consta en el poema inscrito en sus estucos de Ibn Zamrac. E igualmente por la noche, cuando el agua de las fuentes y mil hontanares cesa, y los mármoles irradian el plateado fulgor lunar, y el azul de las estrellas más remotas.



Y clave séptima final: la soledad, el sigilo, el recogimiento interior. Como todo monumento sagrado, la Alhambra transforma. Simplemente, hay que dejarse ir. La lección de la Alhambra consiste en constatar que no existe nada más apremiante para el ser humano de hoy que la constatación del gozo interior, recobrar el sentido del júbilo y la alegría de vivir. Comenzando por uno mismo, es posible entregar a los demás lo más positivo de nosotros mismos. Recuperando el instinto estético, en el más universal de los monumentos españoles, contribuimos a la paz y el entendimiento entre Oriente y Occidente, porque la Alhambra significa eso mismo: coexistencia, armonía, equilibrio entre lo uno y lo otro, y entre lo que se ve y no puede verse: la pura magia de los sentidos.


domingo, 1 de diciembre de 2013

LOS CAMINOS DEL ALMA, DE JUAN MIGUEL BUENO


Una preciosa exposición se muestra en estos días en el Museo Provincial de Jaén: "Los caminos del alma", de Juan Miguel Bueno. Su interés va más allá del artístico, que lo tiene y mucho; es también simbolismo, esoterismo, espiritualidad...


Juan Miguel Bueno Montilla nace en Sevilla en 1967 pero a los seis años se traslada con su familia a Porcuna, pues su familia es de la provincia de Jaén. Su formación artística comienza a temprana edad en el estudio de su padre, el pintor Manuel Bueno Carpio. Se licencia en Bellas Artes por la Universidad de Granada, ciudad que supuso un revulsivo en su vida; a partir de entonces empezó a acumular experiencias vitales siempre muy unidas a su búsqueda de conocimiento espiritual, que ya estaba presente desde niño, y nunca olvidando su raíces, su pueblo, Porcuna, que tanto refleja en sus obras. Ahora, Juan Miguel es budista tibetano, que combina perfectamente con su conocimiento de nuestra cultura ancestral, que le sirve de arraigada base para crecer.

Dama íbera

Porcuna bajo la Luna

En "Los caminos del alma", Juan Miguel Bueno nos muestra su obra más íntima, aquella que hizo para ilustrar una búsqueda espiritual de más de treinta años. Su pintura está inspirada en la obra de místicos de diversas tradiciones. Sus cuadros nos invitan a iniciar un viaje hacia el interior de nosotros mismos. Con la inocencia de un niño nos adentramos en el cuerpo de la Gran Madre. Los versos de san Juan de la Cruz, las enseñanzas de Ibn al-Arabi, los escritos iluminados de los libros de alquimia, el amor cortés de los trovadores de Occitania, la cábala de la antigua Sefarad y el budismo tántrico de los lamas tibetanos nos orientarán hacia ese lugar donde sólo existe el momento presente; entonces, nuestra mente, liberada de todos sus miedos, podrá descansar en su paz natural y comprenderá la conexión espiritual que une a todos los seres del mundo.
Este último párrafo es casi literal del texto que aparece en el folleto de la exposición y que inicia también el libro catálogo de esta. Resume muy bien el sentido de la obra expuesta, y si se sabe algo de simbología y esoterismo es lo que se capta y se siente; incluso sin saber, la fuerza de sus imágenes arcanas y arquetípicas llegan al alma del visitante, que, como dice Juan Miguel Bueno, suele salir de la sala del museo con una significativa sonrisa y calma.

El Monte

La protección

Lo ancestral está muy presente en su obra, lo ibérico, lo medieval cristiano y andalusí; el arte de Diego Velázquez o de William Blake; lo contemporáneo de Picasso y del onírico Dalí; y lo local de Lorenzo Goñi o Manuel Kayser. Las estrellas de ocho puntas o tartésicas, las estrellas de seis puntas o Semillas de la Vida, el toro, la Luna, la granada, el corazón, la llave, la Mano de Fátima, el lagarto y casi siempre la Diosa Madre... una pléyade de símbolos utilizados sabiamente, desde el alma.

Todos tienen una estrella dentro

Turris eburnea

Todo junto se transforma, como si de un trabajo alquímico se tratara, en una obra única, fascinante, de una gran energía, llena de búsqueda sincera y aprendizaje enriquecedor, de Verdad, es decir, de ese conocimiento que es común a todas las religiones y filosofías, y que solo profundizando en sus vertientes más esotéricas se puede empezar a vislumbrar. Todo un viaje iniciático al que el autor invita humilde pero poderosamente a todo el curioso visitante.

Maternidad


Quisiera agradecer la amabilidad de Juan Miguel Bueno explicándome detenidamente su obra, tan ligada a su vida, a sus inquietudes espirituales, a su búsqueda de la Verdad...
Ha sido todo un placer conocer su sorprendente obra y, sobre todo, a él.
Muchas gracias. Un cordial saludo.

lunes, 21 de octubre de 2013

LEYENDAS DE TESOROS DEL JAÉN OCULTO

Algunas de las leyendas de nuestro querido Jaén que más llaman la atención son las de los tesoros ocultos; tesoros escondidos por nuestros antepasados no se sabe bien por qué motivo.
En la plaza de los Huérfanos, en donde estaba una de las imponentes puertas de la muralla, la de Baeza, de la que ahora solo queda poco más que los cimientos, se sitúa una de las leyendas de este tipo más curiosas y esotéricas que se conservan.
Cuenta que unos ganaderos que estaban de viaje pidieron pasar la noche en una casa entre la plaza de los Huérfanos y la calle del mismo nombre. Aceptando la dueña por la generosa retribución que le ofrecían los pastores, estos se alojaron en el sótano, como ellos querían. A media noche la hija de los dueños se despertó y oyó unos extraños susurros que procedían de los sótanos de la casa, y sigilosamente descendió hacia ellos y vió, sin que los hombres se percataran de su presencia, como estos se encontraban alrededor de una vela encendida y pronunciaban unas palabras en un idioma que no comprendía, tras lo cual se abrió mágicamente uno de los muros; sin pausa, los pastores entraron por la grieta y al poco salieron cargados de monedas, joyas y otros objetos preciosos. Apagaron la vela y entonces la brecha del muro se cerró. Al día siguiente los ganaderos abandonaron la casa, y la muchacha, que había memorizado las extrañas palabras que oyó pronunciar, pidió a su madre, tras decirle escuetamente lo que había visto, que la acompañara al sótano esa misma noche. Encendió la vela, que estaba ya muy pequeña por el uso de los pastores, y repitió el ritual que había observado, pronunciando las palabras mágicas; entonces, efectivamente, se abrió de nuevo el muro, ante el gran asombro de la madre. Mientras que la madre se quedó sosteniendo la vela, la hija entró en la cueva y deslumbrada ante el magnífico tesoro que cobijaba se entretuvo y no hizo caso de la advertencia de la madre avisándole de que la vela estaba ya tan gastada que estaba a punto de apagarse y que, por tanto, cogiera lo que pudiera y que saliera enseguida, hasta que por fin la vela se apagó sin que la muchacha reaccionara a tiempo ante los gritos de la madre que veía cómo la entrada a la cueva se cerraba. La madre, desesperada, se lanzó hacia el muro, pero este ya era de nuevo una sólida pared de piedra. Allí dentro se quedó la muchacha y ya no tenía remedio, pues solo ella conocía las palabras del ritual.
Esta bonita y misteriosa leyenda recuerda poderosamente al cuento perteneciente a "Las mil y una noches" de la cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones: la cueva que guarda un inmenso tesoro y que solo puede ser abierta y cerrada con la pronunciación de unas palabras mágicas, y en la que hay que tener mucho cuidado de no quedar encerrado.

Hay que tener en cuenta que la plaza de los Huérfanos está en lo que fue la entrada de la judería de Jaén, por la que se accedía desde el exterior por la Puerta de Baeza, que tenía a sus pies el barranco y arroyo de los judíos, con su puente homónimo. De esta manera se ha dicho que los ganaderos no eran sino judíos que volvieron a por sus riquezas que habían escondido en los sótanos de su casa antes de que fueran expulsados.

Plaza de los Huérfanos. Judería de Jaén.

Pero viendo el cariz esotérico de la leyenda también se les puede considerar como unos magos, seguramente judíos, que sabían de los tesoros ocultos de Jaén, pero esos tesoros no tienen que ser siempre materiales, sino que serían sagrados y tendrían que ver con el secreto conocimiento que guarda la ciudad. Otras leyendas jiennenses insisten en ello, en las galerías y cuevas que poseen un tesoro, y todo en un contexto misterioso y oculto que hay que respetar.
Existe otra leyenda en la ciudad que cuenta que en alguno de los muros del Castillo de Santa Catalina o en lo que era el recinto más amplio del Alcázar Viejo, había una cabeza de toro esculpida en piedra. Esta cabeza de toro tenía debajo un letrero con la siguiente frase: Enfrente del toro está el tesoro.

El barrio de la Magdalena a los pies del monte y el castillo de Santa Catalina.

Muchos fueron los que subieron al monte de Santa Catalina con picos y palas para buscar el tesoro que presuntamente indicaba el toro. El terreno de los alrededores de la cabeza estaba lleno de agujeros y montones de arena y piedras debido a las excavaciones, pero nadie daba con el ansiado tesoro.
Un día llegó un testarudo buscador de fortuna. Buscó durante muchas horas por todas partes. Comenzó, como todos hacían, por la parte de enfrente del toro, que es lo que indicaba la inscripción. Luego cavó a la derecha, después a la izquierda, más tarde por un lado, por otro, detrás... El resultado, al igual que sus antecesores, es que no encontró nada. La frustración y el enfado de haber trabajado tanto inútilmente y verse en la misma situación de tantos otros que lo habían intentado le llevó al arrebato de coger el pico, acercarse a la cabeza del toro y con gran fuerza e ira le propinó un tremendo golpe a la escultura de piedra en toda la frente, haciéndole un buen desperfecto. Más tranquilo tras vengarse de esa manera de la engañosa cabeza, se dio media vuelta dispuesto a abandonar el lugar, pero de repente escuchó un intenso tintineo metálico. Al volver la mirada hacia la escultura, vio con asombro que un gran chorro de monedas de oro surgía del agujero en la frente del toro. Había encontrado el tesoro que tanto deseaba. Y se dio cuenta que la inscripción que había debajo de la cabeza del toro no engañó nunca a nadie, sino que debía ser interpretada correctamente: al decir "enfrente del toro está el tesoro" se debía adivinar que era "en frente", pues era en la frente del animal donde esperaba ser descubierto el tesoro, no en las tierras que tenía enfrente.

Uno de los toros ibéricos encontrados en Cerrillo Blanco, Porcuna. Museo de Jaén.

Quizás nos esté queriendo contar algo más allá de lo evidente, como es normal en las verdaderas leyendas, pues estas buscan transmitir un mensaje a través del tiempo. Y sospecho que a lo mejor esta leyenda del toro y el tesoro oculta una idea, pues son varios los detalles que parecen indicarlo.
Primero, el lugar y su advocación, en lo alto del sagrado monte de Santa Catalina, donde se encuentra el castillo del mismo nombre, siendo una santa esotérica como pocas, de origen egipcio y en general del Mediterráneo oriental, sincretismo de las diosas de la sabiduría como eran Isis y, sobre todo, Hécate.
En este lugar dedicado, por tanto, a la Diosa del Conocimiento estaba la cabeza del toro, animal de ancestral culto en la Península Ibérica y que es símbolo del dios masculino, solar, de la fertilidad y la muerte, y también del conocimiento. Entonces hay una especie de dualidad femenina-masculina tan común en todos los cultos antiguos.
En Egipto, el toro sagrado era Apis, sobre cuya frente se colocaba el ureus y el disco solar, indicativos de su divinidad. Era símbolo de todo lo que he dicho anteriormente y era heraldo del dios primigenio Ptah. Luego, en época ptolemaica, el toro Apis se sincretizó con Osiris, dando origen a Serapis, manteniendo la figura del toro como su símbolo principal. Y es que para Grecia, de donde era originaria la dinastía ptolemaica, el toro también estaba unido a sus principales deidades masculinas, como Zeus, Poseidón o Helios, los grandes dioses del poder, el conocimiento y el Sol respectivamente.
Para los habitantes de Oriente Próximo el toro tenía un significado similar, como por ejemplo en relación al gran dios masculino Baal / Bel de los fenicios y cartagineses.
Y en todos los cultos al toro se incluían los sacrificios del animal en honor al dios que representara, para de esta forma conseguir su beneplácito y sus dones.
De esta manera, el toro es el dios masculino, del conocimiento solar, cuyo símbolo es el dorado disco del Sol, la luz dorada, el oro...

Toro Apis, con disco solar y ureus sobre su frente. Museo Nacional de Roma.

Sabiendo todo esto no sería entonces tan extraño pensar que esta leyenda nos informa de antiguos cultos en Jaén a la deidad masculina simbolizada por el toro, el cual se sacrificaba (¿en la leyenda, fuerte golpe en la frente?) para recibir los dones de fertilidad o/y conocimiento (¿el tesoro de monedas de oro que surge de la frente, la cabeza, la parte más sagrada del animal?).
No hay que olvidar que hay una significativa referencia histórica al toro en Jaén: en el barrio de la Magdalena, el lugar fundacional de la ciudad en donde está el sagrado nacimiento de agua a los pies del monte de Santa Catalina, existían unos famosos baños, y estos eran conocidos como los del Toro pues se decía que estaban presididos por una gran escultura de este animal...
Pero es otro mítico animal el que es símbolo del barrio de la Magdalena y de toda la ciudad: el lagarto. Esta leyenda del Lagarto de la Magdalena o de Jaén es la más popular de la ciudad y su fama es tal que la identifica. La versión más extendida es la de que en la cueva de la fuente que hay enfrente de la iglesia de la Magdalena se cobijaba un lagarto gigantesco que cuando salía se comía a las personas y animales que iban a por agua. Era tal el estado de miedo y desesperación que la población no sabía ya qué hacer. Pero resulta que había un preso en la cárcel condenado a muerte que pidió que se le perdonara si lograba matar al lagarto. Desesperados, los vecinos accedieron a su proposición. Entonces él pidió un caballo, una lanza, un saco de pólvora, una piel de cordero y un costal de panes calientes recién hechos. Fue de noche frente a la cueva con el costal de panes calientes y cuando el lagarto los olió, salió de la cueva; al ver al hombre fue hacia él pero este salió cabalgando y le iba echando los panes al lagarto, cruzando así la ciudad, cuyos habitantes permanecían en sus casas horrorizados. El preso llevó de esta manera al monstruoso lagarto hasta junto a la iglesia de San Ildefonso y allí le tiró el saco de pólvora envuelto en la piel del cordero y el lagarto se lo tragó creyendo que era un cordero y al poco de devorarlo la pólvora estalló y el lagarto reventó.
De esta manera la ciudad se pudo librar del terrible animal gracias al valor y la astucia del preso, que, por supuesto, fue liberado.

Monumento al Lagarto de la Magdalena en la calle de Santo Domingo. Jaén.


Una variante de la leyenda dice que fue un pastor el que hizo reventar al lagarto arrojándole la piel de un cordero rellena de yesca ardiendo, con lo que el lagarto se abrasó y murió. Ximénez Patón, en su "Historia de la antigua y continuada nobleza de la ciudad de Jaén", de 1628, recoge esta versión de la leyenda. La otra versión menos popular y conocida, recogida por Alfredo Cazabán a principios del siglo XX, es la que cuenta que fue un caballero de reluciente armadura, o de armadura de espejos, el que se plantó delante del lagarto y este se quedó deslumbrado al brillar el sol en la armadura, hecho que aprovechó el caballero para matarlo de un espadazo.

Alfredo Cazabán.

Hay que tener en cuenta que en las crónicas antiguas no se habla de un lagarto sino de una gran sierpe, es decir, una enorme serpiente, es decir, típica denominación en los textos antiguos para este tipo de monstruos que no dejan de ser los legendarios dragones, y eso precisamente es, un dragón, lo que aparece en el escudo de la catedral de Jaén y lo que tradicionalmente se ha dicho asemeja la ciudad acostada a los pies del cerro de Santa Catalina, como dice Ximena Jurado en el siglo XVII y el deán Mazas en el XVIII.
El dragón es el guardián de los tesoros ocultos, normalmente en cuevas y lugares subterráneos, y el héroe debe luchar contra él para conseguir ese tesoro. ¿Ven las similitudes con las otras leyendas de tesoros? Y es que todo Jaén podría ser un tesoro en el que ciertos lugares destacarían, que serían los lugares sagrados ocupados por templos desde hace, como poco, la Edad Media, seguramente muchos siglos antes. Siguiendo la pista de que la antigua ciudad se parece a un dragón, elaboré una completa investigación que se hizo libro con el título de “El Dragón de Jaén”: los lugares sagrados desde el castillo hasta la catedral forman la figura celeste de la constelación del Dragón, el guardián de las tres manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, las hijas de Atlas; Dragón que fue muerto por el héroe por excelencia, Hércules, que se llevó su preciado y dorado tesoro de las tres frutas… Esto nos puede retrotraer hasta tiempos ancestrales e indefinidos en los que ya la búsqueda de tesoros era una tarea fundamental, pero no para lo material sino para el conocimiento y lo espiritual.

Hércules matando al dragón del Jardín de las Hespérides. Rubens. Museo del Prado, Madrid.


Artículo publicado en el nº 7, junio de 2013, de la revista Rayud, del colegio Ramón Calatayud de Jaén. Mi agradecimiento a Pedro Antonio López Yera, coordinador general de esta publicación, por invitarme a colaborar en ella.